La próxima vez
que me quede unos días en Lunahuaná fue por invitación de una amiga de la
familia, que trabajaba en el taller de mi prima, quería visitar a su familia
que vivía en Lunahuaná, esta vez dije si feliz y contenta, al recordar los días tan maravillosos que pase el año
anterior.
En el bus iba
recordando a mis amigas y todas las aventuras que pasamos, así llegamos a
Lunahuaná y a casa de Amparo, linda casa de campo pero, ¿dónde estaban los
niños? Miraba a todos lados y todos eran adultos, su madre estaba feliz con la
visita a mí me recibieron con mucho cariño, yo estaba seria, fastidiada,
siempre tenía que estar con Amparo no me dejaba sola ni un solo momento.
Por la tarde
visitamos el pueblo, paseamos por la plaza principal encontrándose con varias de sus amigas,
charlando y comentando acontecimientos para actualizarse en todo lo referente a
ellas y a otros; mientras que yo aburrida de tanto parloteo solo quería dormir
pues, ni siquiera me dejaba que me aleje un poquito para jugar en el parque, ¡no
te muevas de aquí! Me decía Amparo apenas me alejaba un poquito.
A la mañana
siguiente nos levantamos temprano,
desayunamos y Amparo me invito a dar un paseo por la campiña, acepte sin
mucho entusiasmo pues caminar con un adulto no es igual a jugar con otros
niños, me llevo por los viñedos hasta un lugar donde vi a varias personas saltando
en unas tinas grandes me acerque a mirar y pregunte que hacían, Amparo me
explico que estaban pisando uvas para preparar cachina.
Miraba absorta,
todo era como una fiesta saltaban contentos, cantando, riendo felices, de
pronto invitan a Amparo al pisado de uvas y ella por no dejarme sola me invito
a mí, entramos previo lavado de pies, fue espectacular esta experiencia, yo saltaba,
cantaba feliz de la vida, también se puede pasar lindas aventuras con los
adultos, al fin deje de estar aburrida, luego visitamos las instalaciones y pude apreciar como preparaban el vino, pisco y el proceso final de la cachina.
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